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  • Cecilia Ruiz

La Pareja

El amor es un sentimiento benevolente, generoso e incondicional. Al nacer esperamos recibir amor de mamá o de la persona que nos cuida. La primera experiencia de amor que recibimos es de la madre. La niñez es la etapa en la que nos toca recibir, por eso esperamos un amor que lo da todo a cambio de nada, un amor incondicional. Si así fue, viviremos toda la vida en amor, en intimidad y fusión emocional, ya que hemos recibido la nutrición emocional que necesitábamos y tenido la experiencia de verdadero amor. Si no fue así, creceremos con la falta y alejados de nuestro ser.


Nos hemos alejado buscando sentirnos amados. Lo peor de todo es que no somos conscientes de que no hemos experimentado el amor incondicional. Nuestras madres tampoco lo han vivido por eso no nos lo han podido ofrecer. Así todos crecimos alejados de nosotros mismos refugiados en personajes que nos dan una supuesta seguridad.


De adultos los roles se invierten y lo importante es lo que damos y no lo que recibimos. Pero como hemos crecido hambrientos de amor incondicional y nadie ha nombrado ni puesto consciencia en esto buscaremos inconscientemente que nos satisfagan en vez de ofrecer incondicionalmente. Así nos emparejamos desde los personajes y desde las necesidades infantiles sustentando acuerdos inconscientes basados en los roles que adoptamos y no en la verdad interior de cada ser.


La pareja adulta e íntima es otra cosa, es un lugar de amor, que solo pretende el bien del otro y no satisfacer el hambre emocional. Como dice Laura Gutman:



“Tendríamos que imaginar las relaciones amorosas bajo otros acuerdos sustentables y alineados con nuestra ecología personal,… Claro que es posible amar por siempre jamás a alguien incluso hasta que la muerte nos separe. Pero esa construcción amorosa tendría que ser sólida y basada en el deseo de procurarnos confort y bienestar, los unos a los otros, en toda circunstancia…

Si la prioridad fuera amar, no importarían el matrimonio ni los intereses personales ni la seguridad económica ni los bienes materiales ni las posesiones. Comprenderíamos que los hijos tampoco nos pertenecen,… Concebiríamos entonces el amor libre, porque amar es amar, sin que nadie se convierta en propiedad de nadie. Por el contrario, amando nos sentiríamos bendecidos por una inmensa capacidad dadora.”

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